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!Adiós, Armenia!

 Era nuestra despedida de Ereván.  

Salimos camino del lago Sevan, la perla de Armenia, a  1.897  metros sobre el mar.

 El día ha  salido frío y lluvioso; enseguida aparece la  nieve, mucha nieve en los campos, y las altas  montañas que  abrazan la carretera guardarán su nieve casi todo el año. El lago,  desde su elevado monasterio, que parece tener los pies  sumergidos en su frías aguas, y ese día con la nieve hasta sus orillas para beber de ellas, ofrece una vista maravillosa, como si no quisiera despertar; sereno;  se oye el silencio y las risas de unos jóvenes uruguayo-armenios que, aprovechando la fiesta del Holocausto han venido para estar con los suyos, y se entretienen como  niños con la nieve que se ha quedado a las puertas del monasterio esperando subirse a la suela de algún zapato  para entrar y poder contemplar la maravillosa cruz esculpida  con filigrana sobre una descomunal lápida que ha superado saludablemente durante muchos siglos los rigores del lugar.

 Seguimos camino buscando la frontera con Georgia.  El autobús del ascético Juan se ha empeñado en rodar  durante más de hora y media mirando al suelo, como si  quisiera evitar que al mirar al cielo, la nieve que caía  pudiera cegar sus ojos.

Atravesamos sin prisas gargantas, ríos, montañas  cubiertas de bosques, cascadas, fábricas soviéticas  salidas de ultratumba; también una cueva que se ha prestado a hacer de túnel, tan baja y estrecha que casi peinaba la  cabeza del pequeño autobús y rascaba el picor de sus  orejas.

Era un trayecto espectacular; habíamos atravesado el parque nacional de Dilijan; para ellos "la Pequeña Suiza". Tras almorzar,  retrocedimos hasta el siglo X al contemplar las ennegrecidas y solitarias piedras del monasterio de Sanahin, patrimonio de la Unesco.

De sus gruesas y redondas columnas, que asemejaban los tubos de un gran órgano que se resiste a dejar de sonar,  parecía salir las notas de "Las ruinas de un Monasterio":

Piedras sagradas en triste orfandad
nada perturba del bosque la paz
tan sólo el eco parece cantar
en notas que evocan fervor monacal.

Salve Regina, salve…

Rugió la tormenta, pasó el vendaval,
fiera, en tí se ensañó sin piedad
y tu esplendor, al respirar,

al coro de monjes oyóse cantar:


Salve Regina, salve...


Los monjes dejaron su sacra mansión
sus voces se ahogaron en un triste adiós

en último adiós.

Pero aún en sus ruinas se escucha un rumor
como eco lejano de una procesión.


Nosotros dirigimos nuestra procesión unos metros más abajo. Allí nos espera solitario,  impávido y frío incluso estéticamente, Artem Mikoyán exhibiendo con orgullo soviético su poderoso avión, su MiG, que nunca podrá turbar el silencio de su vecino de arriba.   

Quedaba poco para dejar Armenia; la antiquísima Armenia de Noé, aún cuajada de viejos monasterios y empeñada en rumiarse su propio destino.

Estamos en la frontera de Bagratashen-Sadakhlo. Nos despedimos de nuestro asceta conductor, el callado Juan, y de nuestra original y siempre dispuesta Kara. Miro hacia atrás y,  ya veo alejarse a su autobús que se ha llevado pegado a la carrocería el flequillo de Kara.


Luis Larrea

España, 2009